Saint-Exupéry

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En este bendito año 2000 se cumple el centenario del nacimiento de un hombre que supo transmitir sus ideas: Antoine de Saint-Exupéry.UN OASIS DEL CORAZÓN DE SAINT-EXUPÉRY

por Claudia Hartfiel

En este bendito año 2000 se cumple el centenario del nacimiento de un hombre que supo transmitir sus ideas. Eso, que debería ser patrimonio de todos, no lo es sino de unos pocos, que bien o mal hallan los medios para que su pensamiento
vuele de boca en boca, superando el estrecho círculo de seres humanos que lo escuchan y trascendiendo lo efímero de su existencia a través del tiempo. Los pensamientos pueden ser buenos o malos. Como ejemplo de los malos, nadie más malo que Hitler, que será recordado por sus actos y cuyas ideas podrán tenerse a mano tocando y leyendo su maldito libro, Mein Kampf Y gracias al poder del pronombre posesivo de referirse siempre a quien lo usa, por desgracia hay unos cuantos en este mundo que entienden como suya la lucha del asesino más cruel de todos los tiempos. Pero hay otros hombres que, separando sus pies unos metros del piso, logran observar la realidad desde otra perspectiva, lo que les permite considerar al género humano un poco más digno que lo que a la bestia alemana le parecía.
Antoine de Saint-Exupéry volaba. Y, paradójicamente, su vuelo era hacia arriba, hasta tocar las abstracciones más nobles que una raza de seres hablantes pueda inventar pero no para quedarse allá arriba, asumiéndose como dios más allá del bien y del mal, sino para torcer la trompa de su nave y enfilar a toda velocidad hacia abajo, bien abajo, bien adentro, hasta hundirse en el corazón de los sentimientos, de la benevolencia, de los sueños que tienen por objeto lograr una sociedad más afecta a la contemplación, los pequeños placeres, el buen trato y la creación que a la muerte.
Sabemos que, en las mejores películas, siempre los malos ganan. Eso también pasó con nuestros dos representantes del bien y del mal: Saint-Exupéry murió en 1945 en una acción de guerra, esa segunda de la humanidad que inventó la bestia desatada que, cual pintorcito depechado, se vengó pintando la Tierra de sangre humana, según la versión de Tabori que Lavelli trajo por Buenos Aires.
Saint-Exupéry, de quien hablan por estos días todos los medios del mundo, era un buen hombre. Volaba, y mucho, de aquí para allá, arriesgándose por rutas inexploradas en esas cascaritas volantes que lo trajeron por estas tierras cuando era empleado de la compañía Aeropostal. Allá arriba, solita su alma, el hombre pensaba. Y en tierra firme escribía. Su tema era la humanidad; por eso, uno de sus libros se llamó Tierra de Hombres. Otro, el más conocido, es El Principito, tal vez porque él deseaba ese destino privilegiado para todos los humanos, entendiendo que el privilegio radicaba no en la riqueza, sino en la dignidad que sí pueden tener los príncipes pero no los hambreados ni los analfabetos.
El Principito se empezó a gestar en Saint-Exupéry desde mucho tiempo antes, y puedo afirmar que algunos días de su vida en estas latitudes fueron fuente de inspiración para el sensible y activo autor. Me remito al cuento Oasis incluído en el mencionado Tierra de Hombres como prueba. Allí se encuentran, en germen, algunos significantes, algunos giros, algunas experiencias que luego el poeta reficcionalizó en su obra cumbre.

Esta nota es gentileza del periódico cultural El Menú de Buenos Aires

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