Oasis

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A fines de 1992 se empezó a gestar la producción de un docu-drama llamado Oasis, basado en el cuento homónimo de Antoine Saint-Exupéry, trataba de documentar la gestación del cuento y su vinculación con El Principito, a la vez que registrar las huellas del francés en la gente del lugar. Nos cuenta su guionista Claudia HartfielUn guión que no es raya

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A fines de 1992 se empezó a gestar la producción de un docu-drama llamado Oasis, basado en el cuento homónimo de Antoine Saint-Exupéry, trataba de documentar la gestación del cuento y su vinculación con El Principito, a la vez que registrar las huellas del francés en la gente del lugar. Para lograrlo, intercalamos la puesta en escena del cuento -lo que exigió una reconstrucción del castillo, ahora en ruinas, en el mismo lugar, con ayuda de la escenografía- con testimonios de quienes habían conocido a Saint-Exupéry y aun vivían. Hicimos la puesta en fílmico -16mm- y los testimonios en Betacam hasta lograr los ’45 minutos que la televisión exigiría. Finalmente se terminó Oasis; lo pasan cada tanto por Quality, y está editado por el sello Blackman-Video no Convencional.

Como guionista del producto, fue necesario que me sumergiera de cuerpo y alma en la historia del castillo de San Carlos, llamado así por estar ubicado en medio de un hermoso parque del mismo nombre en las afueras de la ciudad de Concordia. Leí casi toda la obra del autor para empaparme de su cosmovisión y, desde ahí, recrear el espíritu del cuento para hilvanar la historia hecha diálogos, recortes del pasado, desde la misma mirada. En ese viaje, descubrí en Oasis las huellas que conducían a El Principito, lo que se transformó en hipótesis básica de la película. También tuve oportunidad de conocer gente maravillosa, como los descendientes de la familia Fuchs, dignos herederos de los valores que el autor pondera en el cuento. Gente sencilla, gente profunda, gente afectuosa a quienes siempre tengo ganas de volver a ver. Y descubrí también que la vida es mucho más linda viviendo a orillas de un plácido río, teniendo como mito a un francés romántico que volaba y escribía por amor a la humanidad, que crecer cerca de Hiroshima, o Auschwitz, o la ESMA.
El fantasma de Saint-Exupéry volaba todavía sobre Salto Chico.
El oasis era, para Saint-Exupéry, una vieja mansión ubicada en una de las zonas más hermosas de Entre Ríos: Salto Chico, a orillas del Río Uruguay, sobre una altísima barranca desde donde se ve el Uruguay a través de las piedras que, cuando el río está bajo, permite el cruce casi a pie hasta el otro lado, cosa que Artigas supo aprovechar muy bien a la hora de rajar de la patria. En esa enorme casa que la gente del lugar idealiza llamándola “el castillo de San Carlos”, vivía una familia francesa que por esas cosas de la vida llevaba en ese lugar una apacible vida. Vida de franceses, aquí o allá, siempre va de la mano de una exquisita formación cultural y buen gusto, mezclado aquí con lo salvaje del lugar, en las afueras de Concordia, puro monte y aire fresco y playa y río y animales.
Las dos hijas del matrimonio Fuchs-Vallon fueron quienes descubrieron al franchute volador una vez que su avión se averió y tuvo que aterrizar de emergencia en las suaves colinas aledañas al castillo. Y ellas, Edda y Suzanne, con su mezcla de buenos modales y una vida en patas y a caballo, más la vinculación de su padre con la aviación, más la personalidad avasallante, erudición y amor por el piano de la señora de la casa lo hechizaron de modo tal que Antoine se hizo buen amigo de la familia. Y ese lugar, su gente, su geografía, su modo de vida singular constituyeron para el francés el oasis, el refugio para su corazón solitario tan lejos de la amada patria y su gente. Muchas veces volvió a visitarlos y luego, ya de vuelta en Europa, escribió ese cuento simple, nostálgico, ejemplar, que retrata de modo protagónico a las niñas que le parecían tan dignas como su Principito y que, como él, conocían el modo de llegar al corazón de los animales y los hombres.
Una anécdota en una vida. Un accidente en un ala de un avión que conduce a un encuentro. Una inspiración que sirve para otra inspiración que se hace carne en la memoria de la humanidad. Y parte de eso sucedió en estas tierras, en este culo del mundo en el que, a veces, suceden cosas buenas, como inspirar a un buen hombre que amaba volar y volaba amando, sencillo, tibio, amable y terriblemente osado que supo morir por amor a su patria porque había un enano malvado que quiso dominar al mundo sembrando la muerte.
Antoine de Saint-Exupéry sembró la vida a través de las letras, en un estilo simple que cualquier hijo de vecino puede entender y hacer suyo. Por suerte, hasta ahora, hubo más gente identificada con el francés que con el alemán, aunque dicen que la miseria exacerba lo que hay de bestia en los seres humanos, cosa que bien señaló Saint-Exupéry en varias de sus obras. No sea cosa que el progreso lo sea de la brutalidad. Recordar eso ya es motivo suficiente para celebrar que alguien como Antoine de Saint-Exupéry haya nacido, volado, escrito y, sobre todo, amado.

por Claudia Hartfiel

Nota gentileza del periódico cultural El Menú de Buenos Aires

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