Las Cenizas de Angela

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Un duro alegato de Alan Parker contra la pobrezaCrítica y Desgarradora

La frase inicial del film pinta de cuerpo entero lo que sucederá durante los siguientes 142 minutos: “Cuando recuerdo mi niñez, me pregunto cómo mis hermanos y yo nos las ingeniamos para sobrevivir. Fue, desde luego, una niñez miserable. Peor que la niñez miserable común y corriente es la niñez miserable irlandesa y aún peor es la niñez miserable irlandesa católica”.

La película cuenta la historia de Frank McCourt hasta su adolescencia. Es 1934 en Brooklyn, durante la famosa depresión, donde el pequeño Frank vivía con sus padres, Angela y Malachy y sus cuatro hermanos. Debido a su precaria situación, se ven obligados a volver a Irlanda y allí se instalan en Limerick. La situación de la familia en aquel enclave católico es paupérrima, en parte debido a que Malachy rara vez trabaja y cuando lo hace, se gasta en cerveza todo lo que gana. Así que Angela, recurre a la caridad de la Sociedad de San Vicente de Paul para vestir y alimentar a sus hijos. Lo único que Malachy puede ofrecerles eran sus historias, increíbles historias, interminables historias. Y tal vez esas historias hayan sido esenciales en esas infancias, cuyos protagonistas se labraron un lugar a los codazos, sobreponiéndose a las burlas y la crueldad de parientes y vecinos.

El film está relatado por Frank, y su voz en off aparece, omnisciente y omnipresente, a través del paso de los años. El relato es lineal, dentro del flashback que inicia con la primera frase de la voz en off de Frank. Otro relator menos evidente es el maestro de Frank, cuyos comentarios parecen encarnar el inconsciente colectivo de una Irlanda sumida en la pobreza y la desesperación: “Llenen sus mentes, porque no importa lo que hagan, lo que tengan en sus mentes es lo único que no podrán quitarles” o también “terminen la escuela y vayan a América, aquí no hay futuro para ustedes”. Aparecen varias imágenes místicas: la Inmaculada Concepción de la Virgen, la Estatua de la Libertad y la imagen de San Francisco de Asis, mezclando en el mismo imaginario íconos sagrados y seculares. Cuando la familia deja Brooklyn, Frank piensa “somos los únicos que ven la Estatua de la Libertad mientras se despiden de América en lugar de llegar a ella”. Cuando se instalan en Limerick, desde un nicho en una pared, la imagen de la Inmaculada Concepción rodeada de velas custodia el callejón. En lo sucesivo, serán la Estatua de la Libertad (del Liberty Bar) y la imagen de San Francisco, las que marcarán hitos clave en la historia de Frank.

Ninguna de las imágenes aparece por azar. La estatua de la libertad marca el norte, el paraíso perdido y la tierra prometida, el principio y el fin. La Inmaculada Concepción, entre todas las advocaciones posibles de María, parece estar íntimamente relacionada con la problemática de la maternidad, del nacimiento y la muerte, especialmente la mortalidad infantil. En el marco de una familia católica guiada por una Iglesia que se opone a la anticoncepción, Angela queda prácticamente exenta de responsabilidad por parir hijos sin cesar, aun en sus adversas condiciones. San Francisco, por su parte, es el santo de los pobres. Además, el único sacerdote del film que tiene una actitud de caridad y compasión para con Frank, es un sacerdote franciscano.

Un problema muy bien resuelto es el del cambio de actores a medida que Frank crece. La solución formal llega siempre en el momento que el espectador sabe que, a raíz de sus experiencias, Frank ha crecido y ya no es el mismo. Es maravillosa la escena en que Frank adolescente, mira su calle, su barrio y se encuentra cara a cara con los niños que ha sido.

El film puede entenderse como un alegato contra la pobreza. No hay culpables a quienes sindicar. Sí hay todo un conjunto de circunstancias que se encadenan para sumir a estos personajes en la miseria. Ni siquiera Malachy, con toda su irresponsabilidad y alcoholismo, puede ser culpado de villano. El hace gala de una gran dignidad y orgullo. Cada día se afeita, se viste con camisa y corbata (aún cuando ésta es casi una hilacha, igual la usa) y sale a buscar trabajo. Se rehusa a mendigar y a vivir de la caridad, a diferencia de Angela que accede a humillarse para poder alimentar a sus hijos.

Es, sin duda, una dura crítica a un sistema que funciona a costa de un número cada vez mayor de marginados.

Socorro Villa