Cautivos del amor

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La belleza del film es sobrecogedora. Desde los paisajes africanos dominados por un cantor en primer plano tocando un extraño instrumento musical hasta las sinuosas callejuelas romanas con sus terrazas y sus enredaderas de glicinas. Una obra de Arte

Este film es una Oda al amor, desde una concepción absolutamente romántica. Y cuando digo romántica pienso en Werther de Goethe, en ese romanticismo que concibe el amor hecho de renuncia, de sacrificio, dispuesto a ofrecer la propia vida por la persona amada, aquel que hace que el amante sea presa de una pasión que, como el fuego, lo consume desde sus entrañas, un amor en el que huelgan las palabras.
En un país africano gobernado por un régimen dictatorial, Winston, un maestro de escuela, es hecho prisionero durante una de sus clases. Shandurai, su esposa, ve lo que sucede desde el camino. Acto seguido, la acción se traslada a Roma. Shandurai vive ahora en una antigua mansión venida a menos, trabajando como empleada de Jason Kinski, un excéntrico pianista y acudiendo a la escuela de medicina. Es evidente que Kinski está enamorado de ella. A través del montacarga que Shandurai utiliza como armario, Kinski le envia mensajes: una partitura con un signo de interrogación, una orquídea, un anillo de diamantes… Le confiesa su apasionado amor y ella lo rechaza. ??Dime que tengo que hacer para que me ames… haré cualquier cosa para que me ames…? ??Entonces saca a mi marido de la prisión? le grita ella. Desde aquí la relación se transforma: él se comporta de modo extraño, fotografiando los objetos de arte de su casa que paulatinamente van desapareciendo; ella observa sin entender cabalmente lo que está pasando, mientras algo cambia en su interior.

Kinski trata desesperadamente de encontrar el camino al corazón de Shandurai: investiga en la música africana y compone melodías que ella pueda entender… y ambos se comunican a través de esa música. El camino de Kinski es de un solo sentido, su única redención sería el amor de Shandurai.

La belleza del film es sobrecogedora. Desde los paisajes africanos dominados por un cantor en primer plano tocando un extraño instrumento musical hasta las sinuosas callejuelas romanas con sus terrazas y sus enredaderas de glicinas. El manejo de la cámara realza la belleza de los escenarios y las vicisitudes de los estados de ánimo, mientras la música de Mozart, Bach, Grieg, Papa Wemba y Salif Keita inunda el ambiente.

Por detrás del romance aparece la globalización. La problemática de la transculturalización que surge de la coexistencia de diferentes etnias minoritarias conviviendo en los paises centrales, es reflejada en sus diversas facetas. Por un lado los problemas de comunicación, que obviamente van más allá del idioma: -?no entiendo tu música? dice Shandurai y entonces Kinski comprende que deberá hallar la música que llegue a su alma. Por otro lado está la burocracia gubernamental: exámenes de revalida para ejercer una profesión, tramites para mantener la residencia que deben hacerse en compañía del empleador y cosas por el estilo. Y esto no sucede solo en Europa, aunque tal vez allí esta problemática sea cada vez más evidente; sucede también aquí, con aquellos inmigrantes llegados de otros países del tercer mundo. En esas condiciones que hacen que la comunicación interpersonal se ponga a prueba, el nexo de un amor tan profundo que trasciende las palabras cobra especial significación. En el film de Bertolucci el amor existe. Así, simple y cabalmente. No hace falta hablar sobre el, ni analizarlo. No requiere de terapia de pareja ni abogados. Sólo es amor.

Socorro Villa