Frankenstein

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En principio, el director James Whale había pensado en Bela Lugosi para interpretar a Frankenstein, pero Lugosi se negó: dijo que aparecer totalmente maquillado, y sin posibilidad de diálogo, lo haría irreconocible ante sus fans. Boris Karloff aceptó sin dudar y ganó: los años siguientes se convertiría en uno de los actores más reconocidos.

Frankenstein

Se transformó con el tiempo en la más popular recreación del libro de Mary Shelley, pese a que la fidelidad con la novela es relativa. Sin embargo, sentó las bases para las futuras caracterizaciones del monstruo, sólo transgedidas quizá, una vez más, por la productora Hammer. Tratando de hallar una nueva visión, la Hammer capturó con mayor autenticidad el espíritu de la novela y creó un Frankenstein más patético y un film que no se sustentaba tanto en el maquillaje. El maquillaje había sido el gran logro de la versión de James Whale.

Esto, gracias al trabajo magistral del maquillador Jack Pierce. La sesión con Karloff duraba desde las seis de la mañana a las doce del mediodía. Además de la detallada máscara de cicatrices, poros, falsos párpados y demás, Karloff debía soportar otras cosas.

“Ver a Karloff es ver la más horrible visión dantesca. Sus ojos y nariz parecen echar fuego; sus brazos que parecen desgajados, son invencibles”.

(Comentario de un diario de la época)

Por ejemplo, unas pesadas botas de once kilos de peso y unas barras de acero que le entablillaban las piernas, para mantenerlas rígidas al andar. Pero allí no terminaba todo: una vez concluida la jornada de rodaje, la tarea de quitar el maquillaje era casi tan costosa como la de colocarlo.

La idea de una cabeza demencial con cicatrices atroces sugería, según explicó luego Karloff, que “en aquel pobre cráneo se habían probado distintos cerebros, insertándolos y retirándolos después”. Durante la caracterización, Karloff también recurrió a colocarse cera sobre los ojos, porque “descubrimos que los ojos brillaban demasiado, parecían entender demasiado bien, y era esencial el desconcierto de la torpeza mental”.

El éxito de “Frankenstein” llevó aparejada la presión por una realizar una secuela. Whale se oponía, y dicen que sólo aceptó al descubrir que el nuevo film podría ser el vehículo para expresar sus ideas acerca de la homosexualidad. Whale, homosexual confeso, aprovecharía para enviar mensajes subversivos del rígido orden moral de Hollywood. La secuela se llamó “La novia de Frankenstein”, y en ella críticos y curiosos han encontrado numerosas alusiones a la homosexualidad.

Detrás, vinieron muchas más. Incluso en “El hijo de Frankenstein” -tercera y última en la que Karloff participó- aparece Bela Lugosi interpretando al fiel y deforme sirviente Ygor. Como con “Drácula”, las continuaciones derivaron en proyectos olvidables y algunas veces curiosos, como un par de films en el que los dos célebres monstruos se enfrentaron entre sí.

Carlos Pagura

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