El señor de los Anillos I

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Hacía tiempo que una película no se demoraba tanto. Las expectativas fueron, tal vez, más amplias que con la saga de Star Wars. Miles de fanáticos hicieron colas, compraron entradas anticipadas y realizaron un sin fin de conjeturas sobre lo que podía resultar de la puesta en escena del denominado, en gran parte del mundo lector, como el “libro del siglo”.

De Magos, Espadas y Rosas

Hacía tiempo que una película no se demoraba tanto. Las expectativas fueron, tal vez, más amplias que con la saga de Star Wars. Miles de fanáticos hicieron colas, compraron entradas anticipadas y realizaron un sin fin de conjeturas sobre lo que podía resultar de la puesta en escena del denominado, en gran parte del mundo lector, como el “libro del siglo”. Al fin llegó el momento de correr el telón; Houdini no tuvo más alternativa que develar sus secretos y de la mano del talentoso Peter Jackson, J.R.R. Tolkien siente, desde el otro mundo, que su obra logró entidad propia y se materializó.

La Tierra Media, escenario recreado cientos de miles de veces en la imaginación del lector, encontró una ubicación geográfica y terrenalidad. Frodo Baggins – como se dice originalmente – Gandalf y Aragorn, tomaron entidad corpórea y vagan por Hobbiton, Bree, la Posada del Pony Pisador, Rivendel y las Minas de Moria, con destino fijo en el Reino de Mordor e inmersos en la historia épica del siglo XX. El anillo, ese uno que los encontrará y gobernará a todos, nunca fue tan reluciente y dorado como en esta oportunidad.

Sólo podía enconmendarse la tarea de dar forma a esta osada empresa, a alguien sumamente dotado y no sólo eso, también debía ser atrevido, ya que calmar las ansias de los fanáticos no sería tarea fácil. Peter Jackson aceptó el desafío y emprendiendo algo nunca visto – rodar tres producciones, las tres partes, al mismo tiempo – logra mantener una idea coherente y ordenada de lo que pretendía hacer: conformar al público, deslumbrar a la audiencia, aportar su visión de la Tierra Media, demostrar sus cualidades como visionario y facturar miles de millones.

Uno de los desafíos más importantes, era la caracterización de cada uno de los personajes y muchos no estuvieron de acuerdo, al momento de conocer el reparto. Pero nunca más adecuada la frase “ver para creer”. Sinceramente, la personificación y la dramatización individual, aportan el grano de arena necesario a la producción y aunque muchos puedan dudar de las capacidades de los participantes, todos cumplen adecuadamente con su rol. Elijah Wood, propone a un Frodo muy simpático y sumamente creíble, siempre cercano a lo que se narra desde la novela, ayudado obviamente por los avances tecnológicos que le otorgan baja estatura, manos, pies y vellos según la descripción literal de un Hobbit. Ian McKellen despliega su abanico y demuestra una vez más sus capacidades de actuación interpretando al Gandalf que todos soñamos e imaginamos alguna vez. Y hasta Viggo Mortensen, está a la altura del Aragorn, hijo de Arathorn, que lleva sobre su espalda la facultad de reclamar el trono y liberar a su pueblo.

Hay más ingredientes para resaltar desde la cocina. Jackson, sabiendo que el presupuesto era generoso, se rodeó de excelentes profesionales y sabiendo que debía cuidar cada detalle, tuvo como prioridad encontrar aquellos escenarios naturales que representaran fielmente lo descrito por J.R.R.. Por tal motivo uno de los puntos más elevados de la producción se los lleva dirección de producción y la dirección de fotografía, que bajo la supervisión de Grant Major y Andrew Lesnie, respectivamente, se merecen bastante más que un 10 felicitado. Las locaciones naturales encontradas en Nueva Zelanda, no podrían haberse prestado mejor para tal evento, hasta parece que se hubieran creado justamente para el desarrollo de la producción, todo un logro.

Si había que encontrar una razón por la cual la adaptación de tan renombrada novela se hizo esperar, seguramente podríamos coincidir con que aún no se encontraba, el cúmulo de avances tecnológicos, que la industria de los efectos visuales y sonoros, desarrolló durante el último cuarto del siglo XX. Finalmente y cual conjuro enarbolado por el bastón de un poderoso hechicero, los FX se prestan y sirven como artilugio para la mano del creador. Como un destello mágico, aportan, no solo a las escenas, sino a los personajes y a las ambientaciones, todas las características necesarias para narrar una historia fantástica de aventuras, coraje, entrega y amistad; sirve para demostrar visualmente la diferencia precisa entre el lado bueno y el malo, el brillante y es oscuro, el adecuado y el equivocado.

Es que de eso se trata la obra global. A partir de sus descripciones, antes literarias, ahora visuales, se extraen los motivos por los que ha cautivado – y lo sigue haciendo – a tanta gente: El Señor de los Anillos en sus tres versiones – La Comunidad del

Anillo/Las Dos Torres/El Retorno del Rey – se asemejan, aunque de manera novedosa a la novela caballeresca, recitada por los juglares de la edad media y si le agregamos el aporte valiente, de un director con libertad suficiente – porque Jackson la tuvo en sus manos y la aprovechó – para volar en sus sueños, la mezcla es explosiva. Podrá objetarse que a raíz de su participación, la película no siga cronológicamente la literalidad de la obra original o que la importancia de algunos personajes haya crecido o disminuido, pero jamás se le podrá objetar que las intensiones fueron loables y el producto resultante es de una categoría superior.

Grandes expectativas conllevan un sinnúmero de exigencias. Para los miles de aficionados y lectores al rededor del Globo, esas condiciones no fueron menores y seguramente la aguda percepción de todo aquel que sea fanático – o no – de la Comarca y sus habitantes, está sincronizada para encontrar el mínimo error y desacreditar la producción. Pero Tolkien debería sentirse honrado, en cualquier lugar donde pueda ver una proyección de la cinta; el homenaje es correcto y a la altura de la literatura, que supo desplegar durante su vida mortal. A partir de aquí, se irá incrementando una corriente que ya es difícil de parar. Nuevas generaciones irán agregándose a la corriente, colaborando para enaltecer el mito. A partir de aquí, sólo queda esperar la próxima secuela, prontos a descubrir si, al igual que ésta, se encuentra a la altura de los acontecimientos.

Sebastián Montagna
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