Corazon de Caballero

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Brian Helgeland es un caso digno de análisis dentro del arte que nos compete. Supo ganar muchísimos puntos a favor con su adaptación guionadaCorazón de Caballero (A knight’s tale, EE.UU., 2001)

he visto lo peor & ya no le temo a nada

Brian Helgeland es un caso digno de análisis dentro del arte que nos compete. Supo ganar muchísimos puntos a favor con su adaptación guionada de L.A. Confidencial, trabajo que mereció un justo premio de la Academia. Después desconcertó a medio mundo poniéndose detrás de cámaras para dirigir Revancha, una remake de un film de Lee Marvin, A quemarropa, con Mel Gibson en el papel principal; haciendo caso omiso de todos los elementos del noir que tanto lo habían favorecido en la cinta de Curtis Hanson que le valiera el Oscar, para desbarrancarse en ese largometraje tan poco feliz. Ahora, el tipo encara su nuevo opus como director, poniendo toda la artillería de una gran producción del cine mainstream al servicio de una desfasada historia firmada por su puño y letra totalmente alejada de los senderos del cine negro que bien amagó conocer. Nuestro muchacho nos interna en la época de las cruzadas, en una aventura que no es más que una metáfora sobre el alicaído new deal y el desgastado modelo del self made man que otrora supieron conquistar sentimientos de plateas de todas partes del mapa contagiados por ese excesivo fervor norteamericano.
Tomando como punto de partida la Europa del siglo XIV, en donde la fortuna está, antes que ganada, predestinada; conocemos a William, el hijo de un humilde techista británico, que anhela poder realizar su sueño de niño, consistente en convertirse en caballero, en una época, donde el ascenso de clases no es un concepto muy común que digamos. Merced a una suerte que el guión se encarga de hacer permanecer junto al protagonista durante toda la proyección, en un torneo donde los caballeros compiten entre ellos para probar sus habilidades y temperamento, su señor perecerá en esa justa, oportunidad que el luto no dejará pasar, para que el héroe con la ayuda de sus amigos aproveche para convertirse en un falso noble de nombre Ulrich von Lichtenstein de una tan lejana como improbable Gelderland. Su Sir Ulrich se revela como la super estrella -no piense que el término es desubicado, espera por las líneas que siguen- de los torneos medievales, con un título de caballero otorgado por sus habilidades, no por nombramiento. Obviamente los laureles cosechados despertarán el odio de un antagonista, el Conde Adhemar jugado por Rufus Sewell, y los suspiros de una doncella; como la avaricia de su séquito -al que se suman un escritor y una herrera- que apuesta la prudencia por resultados inmediatos sin temer que tanta exposición despierte sospecha como hubiera sido verosímil en un relato más coherente. Porque en este obvio desarrollo -en el que Ud. no debería de considerarse vidente si acierta en su primera deducción como siguen los acontecimientos de A knight’s tale – se incluyen más que detalles o sorpresas, disparates de una dimensión colosal en lo referido a ridiculez.

Subestimando -y mal- el target del futuro público (adolescentes y jóvenes), para no hacer parecer la supuesta epopeya de William demasiado solemne y aburrida -como falsamente supone a esa edad cualquier buen libro de historia de Ibañez- Corazón de Caballero posee un look en el que conviven una escenografía y vestuarios arcaicos propios de la

época en cuestión con un intercambio de vivencias por parte de los protagonistas a la altura de un viaje de egresados de cualquier teenager actual. Ese camino -imposible- hacia una gloria que en otras circunstancias sería definitivamente esquiva, marcado por un aliento tan contagioso como empalagoso, puede que obtenga eco en los menores de dos décadas de vida. Pero en aquel que ha visto un poco, solo un poco, de cine y del bueno, ¡ay de ese desprevenido! Porque se encontrará con esta aberración. Que se da el lujo de meter chivos de una empresa deportiva en forma descarada, esponsorizando la armadura del protagonista a quienes sus leales seguidores alientan cada vez que sale -y que son unas cuantas- en forma sistemática, con cara compungida, trotando detrás del caballo y con ojos preocupados al grito de un just do it que el subtitulado ha hecho justicia en obviar. La justa, ese enfrentamiento entre nobles, es abordada como un deporte contemporáneo, como el fútbol americano que retratara Oliver Stone en Un domingo Cualquiera. Si a eso le sumamos la desfachatez de darle al soundtrack una virada hacia lo retro, estamos ante otro grave error por parte de la producción. Si Baz Lurhman se tiraba a la pileta en Moulin Rouge con canciones pop para contar una historia de finales del siglo XIX, lo hacía con la locura propia de un verdadero artista, aunque demostrara que no comía vidrio. Eso estaba fríamente calculado Chapulín. Y por eso hoy están en los anales del musical escenas como la del Elephant Love Medley o la del Show must go on de Jim Broadment. En cambio, más que emoción, mueven a risa o desconcierto, la plebe pogueando al ritmo de We will rock you de Queen (que merece otro tipo de homenaje y no el cover de Robbie Williams cantando We are the champiosn), los protagonistas bailando el Golden years de Bowie, y ni hablar de ese final en el que la parejita se besa apasionadamente mientras suena de fondo AC/DC con You shook me all night long.
Párrafo aparte merece el reparto internacional que incluye a grandes actores piratas totalmente desperdiciados. Como el inglés Rufus Sewell, de grandes performances en Carrington y Dark City, interpretando a su personaje -el villano de turno- a la altura del que le tocara en suerte en ese bodriazo que fue Hija de la luz. Mark Addy, el simpático gordito de Full Monty, no debe de estar muy feliz con sus films en la meca del cine. Recordemos que fue la última versión en carne y hueso de un joven Pedro Picapiedra. Aquí su Roland, especie de big brother del grupo, tampoco seré un rol para recordar del británico. Los compatriotas de Sewell y Addy tampoco salen bien parados. Tanto Alan Tudyk, como el irascible Wat, y Paul Bettany como el poeta y presentador del a-team de las cruzadas, aportan gracia aunque esto no alcance. Por último, esa Laura Fraser que le robara el corazón a más de uno en Left Luggage hace lo que puede en su papel de herrera que solo es bienvenido por su presencia. Ahora bien, la caracterización del australiano Heath Ledger como el héroe absoluto (de quién es interesante ver sus performances en Two Hands y Ten things I hate about you antes de la de la seguramente más conocida El Patriota) posee un registro que, más que acercarlo a un joven que quiere descubrir si está hecho de la misma madera de las leyendas, lo pinta como a un rubio hueco y caprichoso; mientras de la Lady Jocelyn de esa belleza que es la debutante Shannyn Sossamon solo se puede afirmar ese adjetivo, que es una belleza. Y nada más. Porque debería de haber quedado inerte en un poster. Pero prefirió intentar actuar.
Para finalizar, una libre interpretación de una escena correspondiente al bonus track que ofrece A knights tale cuando los títulos del ending ya han concluído. Los personajes de Addy, Tudyk, Bettany y la Fraser se pedorrean ante cámara -si, leyó bien, y perdón por el exabrupto pero escribir le dan libre albedrío a sus flatulencias pareció demasiado- para ver, de acuerdo al sonido, quién paga la próxima vuelta de cervezas. Más allá del mal gusto, la escena parece una excusa ya que, filmada desde un contrapicado, le da a los cuatro actores una altura tan gallarda, marcando en verdad que no es acorde el film con semejante elenco. El asunto entonces pasa por creer que con esta última burla los actores se cagan -perdón pero no se halla a mano otro sinónimo más apropiado- en su participación en la cinta de Helgeland con autorización del propio director, consciente de su malograda labor, sabiendo que su oficio puede ser superlativo pero también los artistas tienen que comer. Si no, por ejemplo ¿cómo se puede explicar a Juan José Camero en el Reality Reality vernáculo?. Bueno, esa es otra historia. El asunto se volvería de ribetes francamente macabros, si la interpretación de la escena pasara porque dichos actos fueran contra los espectadores que pagaron para ver Corazón de Caballero, una de las peores películas que este crítico haya tenido que presenciar.

Leo A. Oyola
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Estreno del: 18 de Octubre de 2001.