Los Otros I

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En la línea de Sexto Sentido, esta gran película de Alejandro Amenabar se mete también con el mundo de los muertos. Escribe Sebastián MontagnaPestañas bien abiertas

Por Sebastián Montagna

Grace (Nicole Kidman) es una mujer fuerte y valiente. Desde la partida de su marido para combatir en la Segunda Guerra Mundial, ha hecho frente a una enorme mansión, una aparente fortuna que va mermando y a la crianza de sus dos pequeños hijos, Anne y Nicholas, que por problemas de salud no deben ser expuestos a la luz solar.
Un tarde, sin aparente sorpresa y luego de haber recibido al nuevo séquito que la secunda en la manutención del hogar, Grace experimenta sensaciones, que aunque se niega a creer, de a poco, van transformando su vida en una realidad siniestra y oscura, tal vez más oscura que la oscuridad que habita permanentemente dentro de la mansión.

El “thriller”, como género producido en la mixtura del terror y suspenso, ha sabido demostrar en muchísimas oportunidades, gran cantidad de ejemplos que lo hacen uno de los más elegidos. El bebe de Rosemary – de Roman Polansky -, y El Resplandor – de Stanley Kubrick -, por nombrar algunas, de las que logran helar la piel y producir saltos que puedan competir con facilidad en una olimpíada.

En esta oportunidad y con una corta, aunque no menos importante carrera cinematográfica, el chileno Alejandro Amenábar, aprovecha la corriente latina de fines del siglo XX y se juega sus primeras fichas en el cautivante Hollywood. Sus producciones más destacadas – únicas – hasta el momento fueron su ópera prima Tesis (1995) y Abre los ojos (1997), que poseen no sólo el reconocimiento de haber sido dos productos de excelente factura, tienen el agregado de que el Sr. Amenabar también es el responsable del guión y la musicalización. Algo puede deducirse de conocer la trayectoria de este español, seguramente dándole unos años más, podrá establecerse como uno de los futuros directores de género más destacados.

Pero aboquémonos de lleno a este Los Otros y para obtener una idea acabada de lo que se va a encontrar, lo más acertado es ejemplificar qué sentimientos podrá experimentar a lo largo del filme.

Ya desde el título plantea serias intrigas sobre el tema, anclado en una gráfica muy convincente, las primeras señales se dejan vislumbrar produciendo un incremento de duda en los potenciales espectadores. Ubicados cómodamente en la butaca, la sucesión de fotogramas iniciales narra brevemente una historia, dejando un halo de duda e intriga que se entremezcla con una lúgubre tiniebla y la penetrante oscuridad propuesta por el director.

La oscuridad es el elemento mejor llevado de toda la filmación. Ambientes que deberían encerrar cariño, afecto y amor, son transformados en espacios vacuos, en donde uno no puede ingresar, si antes no ha cerrado adecuadamente su puerta de acceso. El juego que se plantea entre las luces y las sombras, son el efecto especial mejor efectuado y el secreto mayor guardado de esta producción, que si bien está sustentada por una de las “majors”, a simple vista deja de manifiesto no haber utilizado un majestuoso presupuesto. Como no podía ser de otra manera, una historia tan apasionante, como la que se pretende contar, no podía ser interpretada por una actriz mediocre. Si bien no hubiese sido necesario contar con una estrella, la elección de Nicole Kidman para llevar adelante el papel de Grace, fue la frutilla de la copa. A partir de Ojos bien cerrados – de Stanley Kubric – Kidman dejó bien sentada algunas cosas: ya no quería trabajar – ni vivir – con su esposo Tom Cruise, estaba dispuesta a esperar papeles de calidad y lograr un alto compromiso dramático y si los obtenía, no podría frenar su definitiva llegada al estrellato de las consagradas. Esto se hizo realidad; su Satine de Moulin Rouge, tal vez sea uno de los personajes más recordados – personalmente lo será – y su composición en Los Otros, pone su firma y sello final, para un 2001 más que auspicioso.

Gracias al ojo calculador del director, el personaje de Grace puede enaltecerse por el magnífico contrapunto que se establece con el de la Sra. Mills, interpretado por la experimentada actriz irlandesa Fionnula Flanagan. La Sra. Mills, no sólo se desempeñará como ama de llaves y camarera general, gracias a sus virtudes – y su dudosa procedencia – su interpretación del mundo – de aquí, de allá y de más allá – dejarán entrever muchas de las pistas que se irán sumando en la cabeza del espectador, quien no podrá disminuir los intentos por lograr descifrar el enigma.

Desde otra óptica un tanto más sociable, la visión del director entremezcla, en sus juegos de sombras, escalofríos y densas brumas, la presentación sutil de serios planteamientos sobre la veracidad de algunas creencias religiosas y cuestionamientos a las sagradas escrituras, en ningún momento se deja caer en la blasfemia, pero deja abierta la puerta a inquietudes tendientes a resolver enigmas sobre el mundo de los muertos, el mundo de los vivos y la fina línea que los une y los separa.

En su corolario, la producción dejará en la memoria eufórica de los espectadores, altos grados de tensión, emanada de un gran secreto que se esconde donde uno menos se imagina, una continua sucesión de elementos escalofriantes, que provocarán un brusco cambio en los elementos narrativos y que dejarán descubrir el por qué de la gran afirmación del filme: “No siempre hay una respuesta para todo”.

Finalmente, es meritorio mencionar que la película despliega, demuestra y deja claramente desterrada, una de las grandes intrigas que todos tuvimos a fines de la década del ’90: ¿será posible hacer un film que por lo menos llegue a la altura de Sexto Sentido? El tiempo es gran consejero y entrega muchas y respuestas. Se podía.

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Publicado en Leedor el 4-10-2001