Bella Tarea

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Cuando el diablo se ve cara a cara con él mismo, ¿qué es lo que encuentra delante? ¿le agrada su imagen? ¿puede llegar a asimilar lo que es en verdad? ¿es capaz de señalar el momento preciso en el que se sacó la máscara de hombre para develarse demonio?.¿Alguna vez bailó con el diablo a la luz de la luna?

Siguiendo parámetros bíblicos, y divagando bastante frente al teclado y el monitor, quien escribe, está en condiciones de afirmar que un suceso puede tener setenta veces siete versiones diferentes. Como esta historia, la de un diablo -no el diablo- anclado eternamente en su infierno -no el infierno- mientras el mundo loco que nos tocó vivir no detiene su rutina aparentemente inalterable. Ahora bien, cuando el diablo se ve cara a cara con él mismo, ¿qué es lo que encuentra delante? ¿le agrada su imagen? ¿puede llegar a asimilar lo que es en verdad? ¿es capaz de señalar el momento preciso en el que se sacó la máscara de hombre para develarse demonio? ¿o fueron primero descubiertas las llamas de su prisión ahora reino? ¿qué se siente al decir “esta es mi casa” señalando lo peor que uno pueda evocar? De acuerdo al Dr. Emilio Mira y López, para que un ente ostente el título de ser humano, debe guardar un perfecto equilibrio en su alma con cuatro gigantes que anidan en ella: el amor, el deber, el miedo y la ira. No necesariamente en ese orden. Y de acuerdo a cómo se manifieste cada uno, de esa persona encontraremos sus rasgos distintivos.

Conocer a una persona.

Por ejemplo, los locales nocturnos aptos para el baile ofrecen una amplia gama de atracciones. Pero la necesidad básica siempre es buscar la oportunidad para conocer a alguien. Si uno se encuentra varado en el medio de ningún lugar y la única atracción es uno de estos sitios, se podría afirmar que ese pub, ese boliche, es la elección obligatoria y forzosa donde uno puede llegar a experimentar una verdadera catarsis devenida en la liberación de mover pies y resto del cuerpo evadiendo la realidad entre flashes y esferas repletas de espejos. En un escenario como ese, todos los que asistan a ver Bella Tarea, tendrán la magnífica chance de conocer, como se dijo en el párrafo anterior, a un diablo, no el diablo. Y que conste en acta que el valor pecuniario de una entrada de cine es algo irrisorio frente a tantos pactos firmados con sangre como duelos claustrofóbicos con solo la fe de un hombre como arma más importante. El precio que pagaron Fausto o los Padres Merrin y Karras para vérselas con el mismísimo demonio, ese si que era elevado. Pero esas, son otras historias.

El film de Claire Denis (conocida y respetada en nuestro país por su opus anterior, la hermosa Nenette y Boni) abre con el pegadizo tema de Tarken, Simarik, dueño de acordes y melodías que remiten a una cultura árabe a la vez que sintetizadores y otros elementos alejados de los tradicionales le dan más fuerza a esa canción obligatoria para que las mujeres más sensuales derramen e inunden con su gracia la pista de baile. Hasta la denominada mujer joven, se acerca nuestro diablo reptando como una víbora, rematando el tema de Tarken con unos besos al aire que no recibirán vivencia del eco por parte de la lady. La escena no es para dejarla pasar, ídem para tantas otras, porque muchas de estas sutilezas convierten a Bella Tarea en una obra hipnótica, signada tanto por misterio como por originalidad. La directora utiliza un escenario casi olvidado por estos tiempos como lo es el marco de un cuartel correspondiente a la Legión Extranjera; saturando a sus imágenes con un erotismo que, remarcando lo masculino, coquetea -entre tantas cosas- con la homosexualidad, en un marco salido de un sueño más virado a pesadilla, donde el calor del lugar sube más allá de las inamovibles coordenadas de meridianos y paralelos.

El Sargento Galoup relata su obsesión con un soldado raso , quien despierta en él, sin razón aparente, todo lo peor de sus cuatro gigantes del alma. En su descargo, este diablo destila veneno, amargura y frustración en dosis que bien ganan el calificativo de enfermizas. Estamos ante un hombre de otrora, que afirma no ser capaz de llevar adelante lo que califica como una vida civil, cuando en verdad no puede seguir sólo viviendo. El nihilismo de su accionar, las rutinas coreografiadas de instrucciones, marchas, tareas y batallas simuladas, los han convertidos en marionetas sin titiriteros. ¡Bienvenidos al show! Estamos ante un ejército de soldados-juguetes abandonados por el colapso del colonialismo, realizando gestos conciliatorios sin sentido. Galoup lo sabe. Su maldad se lo dicta. Y esa es su tragedia. El diablo es víctima de su propia destrucción hacia la cual tan compulsivamente maniobra.

Denis encanta como los ojos de una serpiente en cada fotograma de Bella Tarea. Sus pergaminos como asistente de dirección en films de Win Wenders (Paris, Texas y Las alas del deseo), demuestran por qué sus legionarios uniformados ya ocupan un lugar junto a los ángeles de esa Berlín de escala de grises. Por su parte, Greogoire Colin, el recordado monje de Antes de la lluvia, cumple con un rol que desde el estoicismo señala muchísimo, el de ese soldado querido por la compañía, que despierta al aletargado Sargento Galoup de Denis Lavant, ese gran actor francés que en las obras de su compatriota Leos Carax demostró su frenético paso de fuga al ritmo del Modern Love entonado por David Bowie en Mala Sangre, o el vals más bizarro que se haya visto junto a Juliette Binoche en Los Amantes de Pont Neuf. Tamañas coreografías, han sido superadas ante la pergueñada por Bernardo Montet. Porque el diablo de Lavant cuando baila The rythm of the night de Corona, nos sumerge en una oscuridad donde nuestro diablo interior clama por salir. Y es entonces, donde a uno, como hombre, su propio demonio le da mucho miedo.

Leo A. Oyola
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Estreno del: 4-10-2001.

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