Cuenta final

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Digna producción de la división A, pero es obligación del amante del buen fútbol pensar en la frescura y el amor a la camiseta que suponen la BGol en tiempo de descuento, hecho en off side y, encima, con la mano

El título original de Cuenta Final, alude a una expresión inglesa referente a deportes como el fútbol americano o el hockey, en los que anotar un tanto modifica el marcador del encuentro. The Score supone -en la jerga criminal en la que nos vamos a adentrar- dar el golpe de la vida como delincuente, hacer ese golazo que tanto uno anheló para traducirlo en una victoria del equipo y también individual. Como jugador, se sabe de derrotas, empates y triunfos. Pero el deseo número no siempre será el campeonato. Viejas glorias, veteranos del césped y pibes que se creyeron lo que cantaba The Police en Wrapped around your finger, más gambetas varias, definiciones por penal y muchísimas polémicas dignas del telebeam, forman el anecdotario de este match que buscó ser clásico dentro del noir, para terminar siendo sólo un partido más, que mantiene a la popular con el corazón en la boca y a la platea entretenida con un resultado que desde un vamos se sabe srá favorable debido a los titulares que salen a la cancha. The Score es una digna producción de la división A, pero es obligación del amante del buen fútbol pensar en la frescura y el amor a la camiseta que suponen la B, C & D cuyas instalaciones e hinchadas bien podrían ubicarse por la Av. Corrientes de esta capital. Pero esa es otra historia, y hoy nos toca comentar un partido de primera. Con todo lo bueno y malo que esto implica.

El Nick que juega De Niro es un ladrón experto en reliquias que, en el comienzo del ocaso de su vida y carrera en el bajo mundo, anda coqueteando con el asunto de dejar para siempre el ámbito delictivo. El tipo sabe que está grandecito, que las piernas ya no corren como antes, que ya es hora de sentar cabeza, más aún si se tiene en cuenta a su pareja -esa belleza color ébano interpretada en la ficción por Angela Basset- y ese club de jazz, fachada legal que de una vez por todas debería convertirse en su verdadero sustento. El personaje del gran Bob sabe que se viene encima el momento de colgar esos botines que hace rato deberían de haberse quedado olvidados en el guardarropa. Pero el tipo quiere más. No puede evitarlo. Necesita salir por el túnel domingo tras domingo en forma sistemática. Por ende, aparece estudiando la escena un primer buitre, que en la figura actual de Marlon Brando se asocia en forma inmediata al chiste fácil de afirmar que su Max se ha beneficiado de mucha -mucha- carroña. Colega, amigo y socio financiero; la criatura de Brando conecta a la de De Niro con un pichón de crack -y de ave de rapiña también se intuye- de nombre Jack, ladrón de las divisiones inferiores, tan agresivo como talentoso, que anda necesitando la habilidad de Nick para ganar su primer partido importante en primera, equivalente a un cetro valuado en varios millones de dólares, celosamente custodiado en el estadio que supone la Aduana de Montreal. Jugar en esa cancha, para el Nick de Bob, implica violar sus dos máximas en este deporte: dejar de trabajar solo para pasarle la pelota al pibe, y jugarla de local cuando siempre fue exitoso de visitante por nunca actuar en la ciudad donde reside. Los egos de las distintas generaciones chocan. Ambos se han mojado la oreja. Y pese a la presión del partido en unas instalaciones que han reforzado su seguridad, la carga de adrenalina no los deja abandonar el proyecto, sin importar los riesgos que esto implica.

Frank Oz construye una ficción sobre profesionales independientes del delito (no de gangsters sino chorros) cuya lealtad está sujeta sólo a la confianza ciega de algún socio al que se conoce de años y, en definitiva, siempre en venta al mejor postor. Las imágenes de The Score representan un cambio de rumbo para el director de La tiendita del horror, quien antes había dirigido siempre comedias. Y si bien su trabajo puede considerarse tan idóneo como rutinario, francamente uno intuye que Oz no estuvo tan cómodo detrás de cámaras como en ¿Es o no es?. Una de las razones pasa por los tres guionistas que firman en los créditos: mucho no lo ayudaron en el planteo táctico. Por el lado del elenco, De Niro se luce cobrando fortunas por papeles como este en los que impone sólo presencia y una máscara pétrea, a esta altura toda una marca registrada en el mundo del séptimo arte; mientras que de Brando puede afirmarse que en los escasos minutos que aparece en pantalla bien sabe hacer notar porque es leyenda en el mismo ámbito. Edward Norton al lado de ambos, se supone heredero; mientras que pecado atroz es contratar y desperdiciar a una actriz como la Basset en un papel francamente intrascendente. Así es que este fin de semana, Cuenta Final, va a ganar el partido que supone la taquilla, pero no el campeonato que bien merecerían esas estrellas y la hinchada, de la que uno como crítico y ud. como sufrido espectador formamos parte. Con tanta constancia como tantos resultados adversos, amantes del séptimo arte, podemos compararnos con la sufrida hinchada de la Academia. Y eso que desde este jueves juegan en la cartelera cinematográfica porteña Maradona, Francescoli y el pibito Saviola. Pero lejos estamos del gol de Diego a los ingleses o la inmortal chilena del Enzo a la selección de Polonia. Quizás sea porque el DT Oz está más capacitado para dirigir a Eddie Murphy y Steve Martin como lo hizo en Bowfinger; y porque Hollywood es para el cine, lo que la FIFA para la esencia del fútbol.

Leo A. Oyola
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