Historias de Argentina en vivo

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Lo primero que hay que aclarar es que Historias de Argentina en Vivo no es un mero documental que ilustra los recitales que el verano pasado realizó la Secretaría de Cultura de la Nación en los puntos más remotos del país.
Cine argentino para todos los gustos

Lo primero que hay que aclarar es que Historias de Argentina en Vivo no es un mero documental que ilustra los recitales que el verano pasado realizó la Secretaría de Cultura de la Nación en los puntos más remotos del país. Una distinción que conviene enfatizar, teniendo en cuenta que los contados antecedentes en los que el cine local intentó asociarse al rock vernáculo tuvieron resultados cuanto menos discutibles (el recuerdo de Peperina de Raúl de la Torre todavía da escalofríos a los amantes del rock nacional. O del cine. O del arte en general). En este sentido, Historias de Argentina en Vivo nace de un concepto diametralmente opuesto. Concebido como un registro del intercambio entre público y artistas, es a partir las personas y sus historias que se unifican los distintos capítulos, haciendo foco en la identidad propia del lugar.

La convocatoria planteaba que trece realizadores cuenten a través del género de su preferencia (ficción, documental o una mezcla de ambos) trece historias vinculadas a los lugares y días en que se desarrolló el evento.

Con la música como excusa, del imaginario de cada director surgen temas tan diversos como el amor, el fanatismo, la religiosidad, el futuro, el delirio, los sueños o la violencia. El recorrido utiliza como escenario los más espléndidos paisajes de la Argentina, y sólo se hilvana a partir de testimonios e historias de gente que uno sospecha será público de esos recitales. A partir de aquí, Andrés Di Tella (director de uno de los capítulos y coordinador artístico de esta producción) separará a este público de la idea de masa, de número, poniendo sus voces y sus identidades en el centro del film

. El recurso de la pantalla dividida en tres, narra en simultáneo y genera un sensurround visual, un efecto envolvente que involucra al espectador y lo sumerge en sus personajes. Las múltiples ventanas completan el relato, comprimen el tiempo y juegan de hiloconductor a lo largo del film. En cuanto a los cortos en sí, hay para todos los gustos. La libertad de trabajar por encargo, sin preocupación por los costos y en un tiempo acotado (a cada director se le dieron tres días para su rodaje en video digital) parece haberlos animado a experimentar a gusto. Así nos encontramos con una divertida invasión alienígena, en la que algunas de las figuras más destacadas del rock alternativo local se encarnan en cibernéticos ET que congelan a los habitantes de una Buenos Aires con reminicencias expresionistas. La creación de Albertina Carri (No quiero volver a casa) juega con la hostilidad de los porteños y la música como salvación y mecanismo de convivencia entre seres marcados por la diferencia. También dentro del género de ciencia-ficción, pero esta vez cuatro décadas hacia el futuro, Adrián Caetano recrea una investigación documental en la que unos Caballeros de la Quema ancianos recuerdan el histórico recital que en el año 2001 dieron en la ciudad de Corrientes. El juego con los formatos periodísticos y los efectos sonoros y visuales refuerzan una narración creíble, con un casting impecable. Por su lado, Bruno Stagnaro (Pizza, Birra, Faso) vuelve a sorprender con su notable capacidad para construir personajes verosímiles, como el de una tierna fan de Los Pericos que sueña con seducir al cantante Bahiano. El fanatismo y el delirio que rodea a los músicos de rock arman un relato contundente.
Sobre la misma línea, pero atravesando la relación del público de las bailantas con sus ídolos, Flavio Nardini y Cristian Bernard (co-directores de 76-89-03) siguen los pasos de tres empleados de un supermercado que van a ver a la Mona Giménez en su primer visita a Bahía Blanca. La magia y el mito de los poderes sanadores que rodea a los cantantes de música tropical articulan una historia concreta y con personajes entrañablemente populares.

Un párrafo aparte se merece el capítulo de Fernando Spiner, en el que relata las peripecias de una vaquita de madera exiliada en París en la última dictadura. Gracias a un programa de tv (conducido por una Barbie) logra volver a Río Gallegos, la tierra de sus padres, para ver a los Ratones Paranoicos, su grupo preferido. La dirección de arte y la originalidad de la propuesta sólo son superadas por el humor delirante de sus diálogos con los personajes que la esperan en la Patagonia. Vacas que se creen perros, un busto de Perón o una artesanía tehuelche con un discurso revolucionario de los 70´s son algunas de las criaturas que Spiner vuelca en un universo de fantasía, que recuerda a la Llama que llama del comercial de telefonía.

Con una apuesta estética igual de fuerte, pero más inclinado a formato del video-clip, el debut de Vicentico como director plantea una entretenida historia en la que los Fabulosos Cadillacs son una tribu de hormiguitas que se pelean y se reconcilian mientras transitan las sierras de Córdoba. Una idea entretenida pero que no termina de resolverse.

En sentido opuesto, algunos realizadores que se inclinaron por el documental lograron propuestas interesantes, como en el caso de Andrés Di Tella (director de Montoneros” y La televisión y yo) que aborda el registro de dos jóvenes músicos de Tierra del Fuego invitados a tocar con Divididos. La emoción de su familia, el orgullo y los sueños hechos realidad se potencian con el marco que el paisaje patagónico le brindan. También Miguel Pereyra, director de La deuda Interna, consigue un efecto similar pero en el otro extremo del país. La llegada de Mercedes Sosa a Santa Catalina, en la Puna Jujeña, adquiere carácter de auténtica fiesta popular, en la que cada uno de sus habitantes quiere participar.

Con un nivel bastante parejo, la película gana en cuanto más diversas son las miradas y las apuestas de sus realizadores. Uno de los pocos puntos objetables es el criterio arbitrario en la selección de los participantes; Albertina Carri, Bruno Stagnaro, Adrián Caetano, Fernando Spiner o la dupla Bernard-Nardini forman parte de un grupo de directores a los que se puede considerar como parte de una nueva generación de cineastas que luego de estrenar su primer largometraje, abordan una experiencia en la que demuestran escapar de las fórmulas probadas. La inclusión de Marcelo Piñeyro (que va por su cuarto film) o de Jorge Polaco no aportan demasiado ni a la película ni a sus carreras. Los resultados lo confirman; el de Piñeyro es un corto bien realizado y emotivo (como sus films), mientras que Polaco aggiorna su bizarra mirada de la realidad y reproduce su propio universo de imágenes tortuosas, con “Margotita” incluida. Lejos en lo generacional y en lo cinematográfico, el contraste se hace molesto cuando uno comienza a sospechar que junto a Carri, Spiner y compañía quizás hayan quedado afuera otros realizadores que, a diferencia de Polaco o Piñeyro, sí tienen algo nuevo para decir.

Walter Tiepelmann
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Estreno del 20-9-2001