Felicidades

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De la soledad en Navidad se ocupa Lucho Bender en su digní­simo debut cinematográfico.
Me rí­o por no llorar

¿Puede haber algo más triste y desolador que pasar la navidad sin alguien con quén brindar, alzando la copa al vací­o y no escuchar el sonido del cristal que la choca del otro lado, mientras miles de fuegos de artificio estallan en el cielo? La respuesta es: sólo un par de cosas.

De la soledad en esa fecha tan especial se ocupa Lucho Bender en su debut cinematográfico. El reconocido publicista recrea pequeñas historias de aún más pequeños personajes que se encuentran y se pierden a la vez. Como esos rompecabezas de Robert Altman, confluyen al final todos los personajes y las historias en un mismo punto. La diferencia aquí es que ellos se cruzan, hasta quizás literalmente se rozan, pero siguen unos sin enterarse de la existencia de los otros. Ayuda a la querible historia que Bender no se aproveche de un espectador con la guardia baja para dar un golpe efectista. El director se limita a mostrar.

Ayuda también el elenco: Se lucen Pablo Cedrón como un médico de guardia en la nochebuena que ve la muerte y la vida al mismo tiempo, Marcelo Mazarello como un lisiado abandonado en su gris departamento que clama por compañí­a, Carlos Belloso como un cómico de cabaret, cumpleaños de quince, y Bat Mitzva, tan triste como su propio espectáculo. De esos payasos que rí­en por fuera y lloran por dentro. “Me hago el payaso para dejar de serlo” largará en tono de confesión a su accidental acompañante de viaje, un escritor con problemas de polleras (Luis Machí­n). Suma puntos también que Alfredo Casero siga demostrando sus dotes dramáticas como un vecino envidioso y de la peor calaña. Completan el rico elenco: una brigada de policí­as corruptos, entrados en años, fuera de forma y sobre todo berretas, encabezada por Cacho Castaña (algo así­ como un Mike Torello de Rafael Castillo). También cumplen Gastón Pauls y la bella española Silke (a la que ya se vió en la fallida Almejas y Mejillones).

Hacer guardia en un hospital público, quedarse sin nafta en un descampado, dar vueltas inútilmente por las jugueterí­as en busca del regalo del nene, mirar simplemente una pared, o tener que salir como testigo en un allanamiento policial son algunas de las tantas maneras de pasar “Las doce” solo, o lo que es peor con extraños desagradables. Sidra, turrón, garrapiñadas, lechón y fuegos artificiales pueden ser una buena forma de disimular la melancolía pero a veces no alcanzan.

Como una respuesta a la globalización (no quise escribir esta maldita palabra) a internet, al cable y a todo aquello que se supone garantiza la comunicación a escala mundial, el debutante director refleja la soledad de las urbes y el error de creer superada la barrera de la incomunicación con unos cuantos aparatitos. Bien podrá decirse que esta de más la leyenda al final de los tí­tulos “todos los personajes son de ficción y cualquier coincidencia con la realidad es pura coincidencia”. El espejo que nos muestra la pantalla es tan desolador como real.

El personaje del cómico venido a menos interpreta un número de animales. Imita a un delfí­n con su tí­pico graznido corto y filoso. “Abuelo: me parece que Willy nos quiere decir algo“, remata el mismo Belloso. Bender también tiene algo para contarnos y serí­a bueno escucharlo.