Gotas que caen

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La historia de Gotas que caen sobre Rocas Calientes transcurre en los ´70 en Alemania donde Franz, un joven de 20 años, se muda al departamento de Leopold, un exitoso hombre de negocios mucho mayor que él, a partir de allí una sucesión de conflictos se irán desatando hasta alcanzar el trágico final.
Un Drama Intimista

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La historia de Gotas que caen sobre Rocas Calientes transcurre en los ´70 en Alemania donde Franz, un joven de 20 años, se muda al departamento de Leopold, un exitoso hombre de negocios mucho mayor que él, a partir de allí una sucesión de conflictos se irán desatando hasta alcanzar el trágico final.
Ozon explora temas recurrentes en su filmografía, como el incesto, el asesinato, la sexualidad, el suicidio y el sadomasoquismo, que lo emparenta claramente con el autor de la obra original y director Rainer W. Fassbinder, cuya estética y contenido ideológico son respetados por Ozon, a punto tal que por momentos se hace difícil discernirlos.
Espejos y ventanas, desdoblamientos y ocultamientos son parte de una puesta cercana al teatro de cámara que recuerda el mismo tratamiento escenográfico en films como Bolwieser (Fassbinder, 1976), Solo quiero que me amen (Fassbinder, 1975) o Ruleta China (Fassbinder, 1976).
Ya desde los créditos de apertura Ozon nos habla de una iconografía burguesa que remite a una visión idealizada del mundo: las postales turísticas acompañadas musicalmente por un acordeón francés; a partir de allí, todo tenderá a desmentir y desmistificar esta primera mirada.
La cámara en ocularización externa muestra dos personajes en dos ventanas separadas, en el relato comparten el mismo espacio, pero la instancia narrativa nos los muestra separados en forma abismal, definitiva, como si cada uno viviera solo, encerrado en su propia existencia.
El espacio claustrofóbico del departamento parece mantenerlos atrapados, sabemos que entran pero nunca salen, no pueden escapare de esa cárcel de lujo, de ese mundo cerrado en sí mismo y apartado del exterior.
Algo similar ocurre en El Angel Exterminador (Buñuel, 1961/62) donde una fuerza invisible impide a un grupo de la ata burguesía salir de una fiesta a la que fueron invitados, en ese lapso dejan caer las máscaras y sus instintos bestiales reprimidos afloran paulatinamente.
En el espacio de Gotas que caen sobre Rocas Calientes, la pulsión de vida y la pulsión de muerte, Eros y Tanatos, se liberan sin represión donde la culpa desaparece junto con la autoridad superyóica simbolizada aquí por la madre de Franz y la policía que, si bien es nombrada en una ocasión, nunca aparece en escena.
El director identifica, a partir del tapado de cuero negro que ambos usan, a Franz y Vera por su origen humilde y por su sacrificio romántico, mientras que Leopold y Anna, que visten la misma refinada bata de satén, se identifican por su origen burgués, leo sólo en busca del placer a expensas de los demás y Anna deseando, como único objetivo, el matrimonio y la maternidad.
El juego de seducción, el juego de azar, el sonido de cajita musical preludiando los juegos eróticos, son alusiones a lo lúdico como signo de la vida, un sustrato que permanece en el hombre aún después de finalizada la etapa infantil.
El film de Ozon desnuda las convenciones burguesas de un modo que sólo Fassbinder pudo haberlo hecho, ataca despiadadamente a la sociedad y muestra la angustia del hombre frustrado por no poder concretar su amor, su libertad creativa en un entorno hipócritamente convencional que lo anula. Muestra crudamente la vida doméstica con sus discusiones cotidianas que imposibilitan la realización del amor verdadero. En cierto sentido es un melodrama que concluye en forma trágica, un drama real, cotidiano, con el que nos podemos sentir identificados desde nuestra posición de espectadores. La dupla Ozon-Fassbinder cumple todas las pautas del teatro clásico: unidad de lugar y tiempo, división en actos, puesta en escena funcional al relato, pocos personajes y, sobre todo, un efecto catártico que transforma al espectador en un antes y un después de ver la obra.

por:Adriana Schmorak