Ladrones de Medio Pelo

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Estamos ante la ración anual del director americano más consistente. La trayectoria de Woody Allen (que ya va por el opus 33 de su carrera, ya filmado y estrenado en el país del norte) ha ganado espacio entre cinéfilos e intelectuales motivo por el que se puede afirmar que la cartelera cinematográfica vernácula tiene un público cautivo a la espera de ese puntual trabajo.
Apta para todo el público, especialmente, para el público cautivo

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Estamos ante la ración anual del director americano más consistente. La trayectoria de Woody Allen (que ya va por el opus 33 de su carrera, ya filmado y estrenado en el país del norte) ha ganado espacio entre cinéfilos e intelectuales motivo por el que se puede afirmar que la cartelera cinematográfica vernácula tiene un público cautivo a la espera de ese puntual trabajo. Nuestro país es uno de los centros geográficos mundiales donde más se celebra un estreno de Woody. Y eso va más allá -según los especialistas- del vínculo que posee el argentino -el porteño más específicamente- con el psicoanálisis; algo que el cine del neoyorquino destila en cada fotograma.

Felizmente alejado de sus viejas pretensiones bergmanianas y cada día más seguro en lo suyo; Allen ya no necesita simular una metafísica para sus prejuicios y manías. Después de dos trabajos con Woodies sustitutos delante de las cámaras (el inglés Kenneth Branagh en Celebrity y el gran Sean Penn en Dulce & Melancólico), Allen vuelve a la actuación dando otra vuelta de tuerca a ese personaje perdedor que lo representa física y psicológicamente. Aquí, un ex convicto mantenido por su esposa que se une junto a tres delincuentes de poca monta para robar un banco. Aunque la banda no es la más idónea para esta tarea, tiene éxito antes de lo previsto; y no precisamente por su accionar. Woody, cuyo Ray Winkler irónicamente es apodado como “El Cerebro”, se une a los buenos muchachos más obtusos de los últimos tiempos -cinematográficos- que encarnan Lovitz, Rapaport y Darrow para dar un golpe y quedar parados para todo el partido. El local de una pizzería cercana a un banco se alquila. Ellos arriendan el inmueble y lo usan de fachada, mientras desde el sótano cavan un túnel hasta la bóveda del citado. La mujer de Ray (excelente composición de Tracey Ullman) como no sabe hacer pizzas convierte al negocio en algo que sí domina, atendiendo una supuesta tienda de galletas que resulta ser todo un éxito en la gran manzana; convirtiéndose en un foco de atención que no conviene para nada a las intenciones de nuestros antihéroes.

En esta primera parte del metraje de Ladrones de Medio Pelo, Woody apela a una catarata de gags que el público sabrá traducir en dolores de estómago de tanto reír. Uno, espectador avanzado, es consciente que va a leer antes que a ver en una película de Woody Allen; debido a que los diálogos punzantes e irónicos siempre han sido su fuerte; y aquí no estamos ante una excepción. Pero Small Time Crooks tiene bonus track. En sus imágenes, a lo old fashioned, se destila un humor con pinceladas de slapstick que lo acercan a sus primeros trabajos; en especial a Robó, huyó y lo pescaron (1969) cinta con la que ésta, su película número 32, tiene muchos puntos en contacto. Los ladrones del título logran hacerse de una fortuna no precisamente como lo habían imaginado; y es en ese quiebre donde comienza una película diferente. Porque si bien el tema de la excavación y el robo daban para todo un largometraje; Allen termina en una arista que uno no pensaba marcar a priori. Nuestros muchachos, forrados de dinero, descubren que eso sólo no les alcanza para ser parte del status de la alta sociedad. Y la Frenchy de Ullman -perdón Frances a esta altura- está dispuesta a codearse con gente de una instrucción que a ella le es definitivamente ajena tanto por gustos como por educación. De ahí, el acertado término utilizado por el distribuidor local en un título en el que bien se ve reflejado el estudio de Arturo Jauretche. Sin embargo, en lo que al film respecta, este terreno es el que más empantana la cinta, con la presencia de Hugh Grant en un personaje absolutamente previsible como el final obvio, pese al mensaje edificante.

Woody en este caso no es como su alter ego. Es mucho más vivo y eso se nota en su oficio. Porque con una comedia menor decididamente naif, puede expresar como metáfora que él en definitiva es un tipo culto-chocolate por la noticia- que cumple holgadamente con un trabajo que no es el del un intelectual sino el de un hedonista ilustrado cuya mayor expectativa es preservar sus pequeños placeres. Y eso mis amigos, a más de 170 estrenos en salas porteña durante este año, se traduce en la satisfacción de varias escenas -imposible olvidar a Jon Lovitz nadando estilo perrito en medio de una hecatombe- que borran de un plumazo tantos tragos amargos para dibujar una sonrisa en el rostro. Sonrisa, que más allá de nuestra realidad -sería demasiado descabellado pensar que Woody tiene idea de lo que es un patacón- hoy por hoy es mucho más que bienvenida. Y no sólo por el público cautivo de Allen.

Leonardo A. Oyola
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Estreno del: 30-8-01.