Luces de la ciudad

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Al momento del estreno -1931- “Luces de la ciudad” parecía ser un extraño film fuera de tiempo. Para ese entonces, el público ya había festejado la irrupción del cine sonoro, y una película muda no parecía destinada a hacer historia.
Luces de la ciudad

Al momento del estreno -1931- “Luces de la ciudad” parecía ser un extraño film fuera de tiempo. Para ese entonces, el público ya había festejado la irrupción del cine sonoro, y una película muda no parecía destinada a hacer historia.

Esta circunstancia se debió no sólo a la oposición de Chaplin (“Anula la gran belleza del silencio”) al sonoro, sino también a otros factores que el genial artista no contempló.

Cuando comenzó el rodaje -1928- las películas sonoras estaban aún en su etapa de desarrollo, y no pasaban de ser meras curiosidades. Sin embargo, al momento del estreno, y tras las demoras en la filmación (provocadas por enfermedades y enfrentamientos de Chaplin con el reparto), las películas mudas eran ya un recuerdo.

Otro de los factores que atrasaron el rodaje fue el puntilloso perfeccionamiento de Chaplin, quien llegó al punto de filmar cientos de veces una simple toma en la que la joven Virginia Cherrill tomaba una flor en su mano. Incluso, Cherrill fue despedida del elenco, aunque luego fue reincorporada.

El argumento es una síntesis de las temáticas abordadas por Chaplin -sobre todo- en la primera etapa de su carrera. Un vagabundo que queda enamorado de una joven florista ciega, a quien le entrega hasta su último centavo por una flor.

Esa noche, el vagabundo conoce a un millonario, a quien le salva la vida, y tras algunas peripecias (que incluyen una genial pelea de boxeo), el vagabundo consigue el dinero para pagar la operación que devolverá la vista a la muchacha.

No existe una crítica unánime acerca de cuál es el mejor film de Charles Chaplin, pero si bien las opiniones están divididas, “Luces de la ciudad” es la que más adhesión acoge, junto a “La quimera del oro”.

Gran cantidad de público acudió a verla y contó con el apoyo de la crítica, que rápidamente le otorgó el rótulo de “obra maestra”. Un cronista de la época felicitó que la película fuese muda; de lo contrario “las constantes risas y los aplausos del público habrían ahogado las palabras”.

“Sí, ahora ya puedo ver”. La frase del final fue el broche de oro de Charles Chaplin a un film cargado de drama y comedia. La pronuncia la joven florista ciega, tras reconocer que el simpático vagabundo era quien había propiciado el dinero para la operación que le devolvió la vista.

Algunos cinéfilos alegan que ciertos gags de “Luces de la ciudad” están “inspirados” directamente de otros de Buster Keaton. Uno de ellos tiene lugar al comienzo, cuando se descorre el velo de inauguración de una estatua, y el vagabundo aparece durmiendo plácidamente sobre ella.

El otro, es uno de los tramos más importantes del film: la confusión a las puertas de una limousine, que lleva a creer a la joven ciega que el vagabundo es millonario. Se dice que Chaplin no podía resolver esa escena hasta que se le “ocurrió” una situación similar a la planteada por Keaton en uno de sus films.

“El hecho de que usted pueda tararear una melodía no significa que le pertenezca”, le dijo el juez a Chaplin tras sentenciar que había copiado la melodía de “La violetera”, para ambientar las escenas melodramáticas.
Chaplin debió pagar una considerable suma a los compositores Padilla y Montesinos, por plagio.

Carlos Pagura