A flor de piel

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Dura e incómoda película inglesa de Carine Adler.
Por Socorro Villa

Dos hermanas, Iris -19- y Rose -24, casada, a punto de tener familia- compiten constantemente por el amor de su madre, actualmente enferma de cáncer. Cuando ella muere repentinamente, ambas muestran su consternación de distinta manera. Mientras Rose se apropia rápida y compulsivamente de cuanto objeto de valor hubiere poseído la madre -desde muebles hasta joyas- Iris, profundamente afectada, se queda con su ropa y su peluca, con sus cenizas y las flores del funeral. Inicia un camino de búsqueda de su identidad, tratando de rescatar la de su madre muerta y cuestionando la de su hermana siempre inalcanzable, que la llevará a recorrer los más oscuros rincones, a caer en el abismo más profundo, hasta encontrar la luz.

Iris sufre, especialmente, de falta de comunicación. Desde niña le resultaba difícil hablar -no importa con quién ni de qué- ya que las charlas se circunscribían al micromundo de su madre y Rose, que hablaban de todo, todo el tiempo. Tampoco puede hablar con Gary, con Tom, con Vron. Cada uno quiere hacer con ella cualquier otra cosa, menos hablar. “¿hablar de qué?” le preguntan cada vez que ella dice “quiero hablar”. Y esa soledad forzada la lleva a la alienación, casi a la enajenación. Entonces, lo que nadie quiere escuchar dicho con palabras, ella se propone decirlo con todo el cuerpo, con su actitud ante la vida, aunque ello implique, literalmente, hundirse en el barro. Y

El film empieza con un primer plano de un lápiz dibujando sobre un cuerpo -el de Iris- mientras su voz en off comienza el relato de su historia. Hay ciertas relaciones a partir de la superposición de imágenes que dan cuenta del estado de ánimo o de las hondas motivaciones de Iris para hacer lo que hace. Por ejemplo, después de la muerte de su madre, ella se deja seducir por un desconocido en el cine. Entonces, las imágenes de esa relación sexual y el relato en off que Iris hace de ella, se mezclan con las imágenes del féretro de su madre entrando al horno de incineración. Otra asociación interesante es la que Iris hace en el nuevo trabajo que Vron le ha ayudado a conseguir: en la oficina de objetos perdidos, rodeada de cientos de teléfonos celulares, paraguas, carteras y dios sabe qué más que han sido enajenados de sus dueños, Iris ve a su madre. La ve, la oye, recibe sus mensajes en teléfonos extraviados…

Entre la persona que es y la que siempre ha querido ser -es decir, su hermana Rose- Iris recorre todo el camino de descenso hasta los infiernos y de ascenso, no ya al cielo, como Dante, sino a la tierra. Esa tierra de la que, por algún tiempo, ha estado casi ausente. Esa tierra que le ofrece nada más -y nada menos- que toda una vida por delante. Para Iris no ha sido un poeta quien la guiara en su descenso ni su amada quien la guiara en el ascenso, como lo fuera para Dante. Para ella, fue su madre muerta quien la acompañara en su descenso y una nueva y pequeña vida la que la rescatara del fondo de aquel abismo.

Se trata de un film muy duro, incómodo por momentos, pero siempre muy bien hecho, con un excelente manejo de cámara y cada una de las imágenes pensadas y editadas con maestría. Un film para debatir.

Publicada en Leedor el 14/06/01