La novia polaca

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Director argelino, producción holandesa, premio de la crítica en Cannes, nominada al Globo de Oro y al Oscar “extranjero”, La novia polaca se conoció en Buenos Aires hace más de un año, cuando su protagonista femenin ganó el premio a la mejor actriz en el Festival Internacional.
Joya indiscutible

Director argelino, producción holandesa, premio de la crítica en Cannes, nominada al Globo de Oro y al Oscar “extranjero”, La novia polaca se conoció en Buenos Aires hace más de un año, cuando su protagonista femenin ganó el premio a la mejor actriz en el Festival Internacional. En diciembre del año pasado también se exhibió en improvisada proyección ante la falta de copia de Sólo Dios me ve durante el Festival de la Unión Europea. Ahora sí se va a poder ver comercialmente esta verdadera joyita de la cinematografía holandesa de Karim Träida.
Un campesino hosco y solitario que carga con las deudas de su granja en crisis y una joven polaca venida a Holanda para trabajar y mandar dinero a su pequeña hija, se encuentran fortuitamente y reconstruyen sus vidas a la medida del otro. Una película sin ambiciones pero que compromete y atrapa.
Lo que él sabe de ella y viceversa es lo que el propio espectador sabe: una pesadilla de Anna informa sobre la violación a la que fue sometida, una foto antigua en la pared sobre la madre de Henk, muerta ya hace 20 años.
No hacen falta muchas palabras para que estos dos seres se contacten. La película aprovecha la interpretación de sus actores para que la imagen pura desentrañe sus historias: la educación tradicionalista de Henk, el traspaso de generación en generación de la granja familiar, las fotos de los abuelos, los padres, sus tumbas. Para Henk mostrarle ese pasado a Anna es, dentro de su tosquedad, entregarse por completo. Anna duerme en otra cama y va transformando esa fría casa sin adornos en una casa vivida: la puesta en escena cambia sutilmente, y se asiste a la minuciosa limpieza de la casa y al aprendizaje del holandés a través de un pequeño libro de idioma. En su encuentro siempre media la comida: en la mesa del desayuno, la cena, la merienda, el almuerzo, primero las cacerolas desordenadas y la comida sin preparación, después algunas variedades polacas. El descubrimiento de los vestidos guardados de la madre de Henk, hacen que Anna se transforme en la madre. Casi como lo que quiere Henk y no importa si ella invade cada rincón de su vida: le impone el rezo, le cambia las camisas, le lava la ropa diariamente.
Cuando esa pequeña felicidad empieza a correr peligro, Henk lo sacrifica todo, pero no importa porque ahora está Anna. En un momento la película gira hacia otro lado, con persecucion de gangsters incluída, una complicidad no buscada y sin resolución aparente.

El mundo que aparece ante nuestros ojos en La novia polaca es inmenso y sutil. No te lo pierdas.