la flor del mal

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Chabrol, y su acostumbrado placer por regodearse entre las mieles de perversiones, represiones y patalogicidades varias de la alta burguesía francesa.

La flor del mal (La fleur du mal, Francia, 2003)

Dirigida por: Claude Chabrol.
Protagonizada por: Nathalie Baye, Benoît Magimel, Suzanne Flon, Bernard Le Coq
Escrita por: Claude Chabrol, Caroline Eliacheff y Louise L. Lambrichs.
Duración: 104 minutos

Categoría Leedor: UCM,YV? (Un Chabrol más, y van?)

Chabrol, y su incesante hurgar por hipocresías, amabilidades forzadas, y normas sociales mantenidas a costa de la propia salud mental, en pos de la manutención de un status, una posición de privilegio, en decadencia. Chabrol, y su gusto por el cine negro, de tensiones sutiles, realidades morbosas, elucubraciones enfermizas y angustias dilatadas.

Una familia distinguida, nostálgica de un esplendoroso pasado, adaptándose, mutando en el camino, a un presente ultra competitivo, depreciador de títulos honoríficos. Con huellas que ocultar, y vigor para seguir apostando. Una familia desmembrada, pero firme, sólida en su cotidianeidad artificiosa, sosteniendo simulacros sociales, amabilidades fingidas, costumbres que prestigiar. Con nuevos miembros, de renovados ímpetus, reprochable, ingenuamente francos, sinceros, límpidos. Produciendo choques generacionales: la discreción naturalizada, contra el desenfado veraz, aunque en lucha, este, con el fingir interiorizado, cultivado.

Una candidata en elecciones municipales, enfrentando antiguos fantasmas, como parte del “típico” juego de la política. Aceptando esta tipicidad, haciéndose cómplice de ella. Y ese pasado que inoportuna es el nazismo, el de un familiar, el de su padre, asesinado por su madre, genocida él. Pero está en elecciones, en campaña, y según (le) dicen, todo vale, por lo que no debe darle importancia a esperables chicanas, a chanchullos develados, debe seguir adelante. Y sin mirar atrás, ni al costado, y mucho menos al costado, ya que vería a su esposo, el que no acepta su candidatura, flirtear y revolcarse con adolescentes, vería también que sus hijos (hermanastros ellos) se liberan de represiones añejas y se enlazan apasionadamente. Nunca atrás, al costado tampoco, al frente, siempre al frente, aunque de frente se encuentren realidades insoportables, inmanejables, impredecibles. Con seres pobres, feos, malolientes.

A los que deberá representar, pero que desprecia, desde su honda entraña burguesa, y no por que sus pedidos no sean dignos, ni justos, solo que la asquean, una cuestión de piel. Y es mutuo, ellos no le creen, detestan su pretendida superioridad, su vanidad, su solapada discriminación, pero ella, seres como ella, tienen el poder, tienen llaves que abren algunas de las

puertas que ellos (los pobres) necesitan abrir, por lo que ingresan, con enfado, resignados, algunos, al juego de las conveniencias, al de los pseudo favores políticos, al de la asistencia, al de la limosna.

Chabrol, y su acostumbrada sensibilidad para ver (y mostrar) lo que no claramente se ve (o se deja ver). Chabrol, y su incesante hurgar en una temática que aborda (y aborda) apenas virando cada vez su enfoque, logrando siempre una renovada significación. Chabrol, o cómo transformarse en clásico contando siempre lo mismo (o casi).

Sebastián Russo
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