La ciénaga

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“Las ratas mataron a dos personas más”, fue el titular del diario Crónica del 29 de marzo del 2001, en rojo, tamaño catástrofe. Lo que parecía una película de insectos asesinos, del estilo de Arácnidos o Marabunta, era la enfermedad provocada por las ratas y la basura.

Un mundo de sensaciones

“Las ratas mataron a dos personas más”, fue el titular del diario Crónica del 29 de marzo del 2001, en rojo, tamaño catástrofe. Lo que parecía una película de insectos asesinos, del estilo de Arácnidos o Marabunta, era la enfermedad provocada por las ratas y la basura.
En La Ciénaga hay una rata africana que sobrevuela el diálogo de unos chicos al borde de la pileta. Pero como en Crónica, nunca se muestra. Es una rata inventada.
La sociedad argentina en estos días está herida por ratas. En realidad, sabemos que viene siendo sistemáticamente herida desde hace varios años por ratas de otro tipo. Hay un sector que siente esto ya no en su economía o en su moral, sino en sus entrañas: es la clase media argentina, la misma en San Telmo, Lanús o algún pueblito de Salta que se está quedando sin veneno para matarlas, a las ratas.

La claustrofobia que produce La Ciénaga es tan contundente que se va a convertir con el tiempo en una obra paradigmática de los tiempos que corren: en los que aparentemente no hay salida. Servirá seguramente para explicar qué quedó de todo eso de lo que alguna vez se regodeó no sólo otro cine sino otra socedad: el cine de la Bemberg (pienso en Momentos, en Señora de nadie), buena parte del cine que protagonizó la Borges encarnando a burguesas aburridas haciéndose preguntas existencialistas (Crónica de una señora) o qué quedó de los chiquitos ingenuos que el cine mostraba a lo Andrea del Boca, y viera cómo se convirtieron en pequeños adultos frustrados!

La primera secuencia empieza con un encuadre en profundidad muy pronunciado, Borges y Adjemián sentados al borde de una pileta con sendos vasos de vino (tinto nunca whisky) presiden una reunión de amigos muy particular. Todos están borrachos. Zombies. Alienados. El arrastrar las sillas de metal, oxidadas y viejas al borde de ese estanque es el primer signo de lo anodino. De qué vive esta gente se pregunta uno: son productores de unos ajíes que nunca se muestran, es que el trabajo no se muestra. Durante mucho tiempo los chicos de la clase media sabían que sus padres trabajaban pero no importaba en qué: las necesidades estaban largamente salvadas, el tema de la desocupación era un tema de los documentales de vaya a saber qué origen.

Los personajes de La ciénaga están todo el tiempo inactivos, agobiados, pesados. ¿Hay alguna otra película argentina que haya demostrado tan carnalmente la sensación de calor?. Mecha lo único que quiere todo el tiempo es hielo para su vino, lo quiere cada vez más cerca entonces se compra una heladera portátil. Sus hijos ya son grandes, pero tiene que juntar plata para hacerle “la plástica” a Joaquín, que se disparó accidentalmente un tiro cerca del ojo (el chico más siniestro por otro lado), aunque esa preocupación maternal de Mecha siempre deja un gusto a comentario al pasar. Mecha es la clase castigada, que saca todo su rencor contra “la sirvienta”, esa india, esa coya? Nadie atiende el teléfono en esa casa.

Es un mundo visto por chicos, por adolescentes y por gente ingenua: los mismos que creen en las ratas africanas, en la aparición de la Virgen del Perpetuo Socorro en la mancha de humedad de un tanque (no puede pasar a la vuelta de su casa?). Días después va desapareciendo. Sin embargo, pese a esa mirada construída desde lo infantil, La ciénaga no es un cuento de hadas: porque los chicos son los únicos que activan las cosas: van y vienen, manejan los autos, cazan en el bosque, sostienen a los adultos degradados.

Para mostrar todo esto Lucrecia Martel vuelve al ámbito que mejor conoce, el de su corto “Rey muerto”, un mundo natural y provinciano. Se aleja de la estética de la película urbana, aunque sus protagonistas son evidentemente porteños, y no elige, salvo muy pocas escenas, la cámara en mano o el montaje entrecortado. Al contrario, su cine está cuidadosamente encuadrado, intencionalmente montado. Minuciosamente dialogado. Saca con esas formas lo mejor y lo peor de sus criaturas.

Es verdad, La ciénaga no cuenta una historia tradicional, muestra un mundo de sensaciones, construye una gran metáfora con pequeñas metáforas, es un mundo sofocante pero atrapa.

Alejandra Portela
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Estreno: 12-4-2001.