Infidelidades

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El gran problema de Infidelidades, la nueva película de Liv Ullman, previo paso por Mar del Plata, es su tamaño. Los 152 minutos juegan en contra de su intención que se torna demasiado intelectual, quitándole carnalidad, entrañabilidad, calidez. Demasiada fidelidad

por Alejandra Portela

El gran problema de Infidelidades, la nueva película de Liv Ullman, previo paso por Mar del Plata, es su tamaño. Los 152 minutos juegan en contra de su intención que se torna demasiado intelectual, quitándole carnalidad, entrañabilidad, calidez. Cuando Truffaut le pregunta a Hitchcock si él prefiere un diálogo largo a una imagen simple el maestro del cine inglés le contesta “obviamente una buena imagen”. Seguramente Hitchcock está detrás del vidrio oscuro de Bergman, aunque ambos comparten la deidad del Olimpo cinematográfico. Cuando mil o un millón de palabras suplantan a una imagen en el ahondamiento del alma humana y cuando esas palabras redundan, no avanzan sino por pasos lentos, se embrollan, intentando explicar lo inexplicable, creo que estamos en problemas. Se sabe, Bergman no es un director mudo, pero Infidelidades es una película que ensordece. Si no queda claro se explica una, dos, tres o más veces, y las escenas empiezan a sobrar. La descripción que en el principio hace Marianne de David, la tentación dentro de la cama matrimonial, el engaño perpetrado con absoluto dominio de Marianne, el amor parisino en esa habitación cargada de rojos. Nada en Infidelidades es atrapante, y no es una cuestión de piel sino de tempo. Medir los largos de las secuencias no sólo en función de la proporción del tamaño general sino en función de avanzar sobre el diseño de tal o cual personaje. A eso me refiero. Sólo a partir de la secuncia del ensayo en el teatro se hace interesante. Una segunda lectura de la película poniendo la atención en la cantidad numéria de escenas entre Josephson/Bergman y Endre/Marianne todas ubicadas en el mismo ámbito (un exterior por favor!!) esa pequeña y ascética habitación de la solitaria vida del creador.
Sí, me gusta la idea de la propia configuración del personaje que hace Marianne, que le va dictando a un congelado, atónito, pasmado, cadavérico Josephson (porque todas las palabras dadas a Marianne se le quitaron al personaje de Bergman) una y otra vez los actos, las culpas, las idas y vueltas de esa relación con el mejor amigo de su marido. Todas las palabras de Marianne van a parar a múltiples flashbacks donde la palabra invade en off sobre la oscuridad de esos personajes que no disfrutan nada, que se niegan a la mueca, la espontaneidad. El nuevo y pretendido humanismo del guión de Bergman que vehiculiza la pantalla de Ullman (una de las actrices más maravillosas que dio el cine) enfatiza lo de la construcción sobre una mirada ajena, sin síntesis, demasiada frialdad, demasiada ficción, demasiada fidelidad. Si este Bergman representado que guarda en su cajón, arrepentido, la foto de su hija es el verdadero Bergman que sacrifica su vida de carne y hueso en pos de la ficción y la creación, entonces el sacrificio de Marianne hacia el final es un equivalente, pero como en ella, el anterior no sirve para nada, por lo infértil. Porque en definitiva en uno y otro caso la hoja queda en blanco.

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Alejandra Portela
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Nota publicada el 29-3-2001.