Mi encuentro conmigo

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Por Socorro Villa

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Todos llevamos al niño que alguna vez fuimos en un rincón del corazón, no?. Ahora bien, ¿es posible que ese niño deba visitarnos en carne y hueso para hacernos reaccionar acerca del rumbo que ha tomado nuestra vida adulta? Eso es lo que le ha pasado a Russ Duritz, un exitoso consultor de imagen. Sus estrategias son, muchas veces, despiadadas. El fin justifica los medios, por muy reprochable que pueda parecer desde el punto de vista moral. Russ a punto de cumplir 40 años, no está casado, ni tiene perro, ni un hogar, solo una enorme casa en la que duerme de vez en cuando, entre viaje y viaje. Así que llega Rusty (un pequeño Russ de 8 años) con todos los miedos y las frustraciones que el Russ adulto ha tratado de olvidar durante los últimos treinta y dos años?

El film es simpático e ingenioso. Ambos Russ, el niño y el adulto, deben recorrer un sinuoso camino hasta descubrir cuál es la razón por la cual el pequeño Russ se ha presentado. Eso sucede, claro está, luego de que ambos luchan por sacarse de encima al otro, no importa como. En el medio, aparecen Janet, la sarcástica y super eficiente asistente de Russ y Amy, una cercana colaboradora, para colmo enamorada de él, que lucha por descubrir al hombre verdadero que se esconde tras el disfraz de hielo del consultor de imagen y los chispazos de niño impulsivo que aparecen justo cuando ella está a punto de mandarlo al demonio.

Si hay un tema en este film, ese parece ser el de la fidelidad a los sueños, el de la identidad. “Piensa -dice Diedre a Russ- cuántos de nosotros podemos decir que hemos realizado nuestros sueños?” Cada niño sueña con ser algo, desde bombero hasta astronauta, pasando por una larga lista. Sin embargo, no todos ellos, de adultos, llegan a realizarlos. “Yo quiero ser piloto de aviones” dirá Rusty para luego rematar: “Ya sé lo que haces, cual es tu trabajo: ayudas a otras personas a mentir acerca de quienes son realmente”. Ni que decir de su comentario anterior, luego de finalizada su gira de reconocimiento por la casa de Russ: “¿Quieres decir que a los 40 años no tendré esposa, ni perro, ni hogar? Oh, Dios, me convertiré en un perdedor!” Y nada peor para un yankee que ser un perdedor? De hecho, sobre el final Russ grita la frase matadora: “I’m not a looser” = “no soy un perdedor” aunque, no se gaste, usted leerá en los subtítulos: “Miranos” ¿Y como puede ser eso? Vaya uno a saber? delicias del subtitulado?

En fin, salvando algunas inconsistencias del guión -como el hecho de que el pequeño Rusty sepa el nombre del perro que el adulto Russ tendrá- el film es entretenido, muy bien llevado gracias a una gran interacción entre Willis y Breslin, apoyado por muy buenas interpretaciones secundarias como las de Mortimer y Tomlin. Si quiere pasar un lindo rato, esta es su elección.

 


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