Hannibal

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Cuestión de piel

Si hay algo que instaló El silencio de los inocentes fue un tipo de violencia diferente: asesinos despellejadores, caníbales, mutiladores, destripadores.

De su segunda parte, y habiendo pasado en 10 años mucha agua bajo el puente, no se puede esperar un jardín de margaritas. Estos asesinos que tienen motivaciones posibles de ser psicoanalizadas y que, como tal, más que víctimas de la sociedad se convierten en víctimas de una relación con sus padres mal concebida, puede remontarse sin duda a la cada vez más magnífica Psicosis de Hitchcock.

Bien, imaginemos dos escenarios en la platea de los cines cuando se estrene Hannibal: aquellos que sí vieron en su momento la película de Demme-Hopkins-Foster y los que no saben que existió alguna vez. Estos últimos ya acostumbrados a una violencia de la que el propio Frankenstein se aterrorizaría.

La novela de Thomas Harris elige cuatro puntos de interés: Mason Verger el perseguidor de Hannibal, Francesco Pazzi, un “commendatore florentino”; y los ya instalados Clarice Sterling y Hannibal Lecter. Todos los ejes apuntan a atrapar al ahora cultísimo director de biblioteca especializada Dr. Fell (dos letras para Hell, infierno). Varios escenarios que demuestran que no hubo retaceo de gastos y que a la hora de filmar no es difícil rendirse a los pies del dios Hollywood.

Mason Verger (alguna referencia a Manson?) es el multimillonario que 10 años atrás fue “sutilmente” atacado por el Dr. Lecter, si hay algo que Lecter no es, es grosero por lo tanto mediante una droga fuertísima lo convence a Mason para que se autoflagele. El resultado: una cara absolutamente destruída, obra maestra del maquillaje, y eso sí, inexplicablemente paralítico. Para esto, Ridley Scott se da el lujo de tener a un actor como Gary Oldman. El escenario de Mason es una de las joyitas de la película: una mansión de Biltmore State de fin de siglo XIX con 3200 hectáreas de bosques, hoy convertido en atractivo turístico.

Y una Florencia, mayormente nocturna envuelta en música operística, aprovechada en muchos de sus rincones más significativos: el palacio Vecchio sobre el río Arno, la iglesia de Santa Crocce, el palacio Capponi, la Plaza de la Signoría, el mercado Nuevo. Como broche de oro: una noche de gala con 5 minutos de una ópera hecha especialmente para la película por Patrick Cassidy, llamada “Dante´s”.
Vita Nova. Toda esta parte de Hannibal que tiene lugar en Florencia es una película adentro de la película con Giancarlo Giannini como el inspector que descubre que el Dr. Lecter es uno de los 10 asesinos más peligrosos buscados por el FBI.

Hannibal tiene un terror exquisito, basado en los contraluces, los colores predominantemente ocres, las sombras largas, que marcan esos lugares ocultos donde lo visible debe ser imaginado. Y es la combinación de la actuación de Anthony Hopkins, 10 años después le encuentra a su personaje nuevos matices “me fijé en la foma de caminar de los felinos: el quiebre de la cadera de un felino” dice Hopkins.

Ridley Scott se guarda para el final la escena más macabra (e innecesaria de la película) pero es Hopkins el que vuelve a salvarla: con su canibalismo a lo gourmet; por otra parte, el vestido superescotado de Julianne Moore la aleja de ese personaje hombruno cuyo toque más delicado lo daba la personalidad de Jodie Foster (la comparación es inevitable) pero la Moore (La fortuna de Cookie, Un marido ideal, Psicosis, Sobreviviendo a Picasso, etc) está bárbara: pelo llovido, sin maquillaje, pecosa, más experimentada, medida.

Cine de autor, de personaje, de actor-actriz y fundamentalmente, de puesta en escena. Hay mucho y muy disfrutable: vale la entrada.
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Estreno: 22-2-2001


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