Cien años de perdón

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Divertida y Grotesca

Por Socorro Villa

Gritos de una mujer golpeada. Así empieza el film. Intercalados con su imagen frente al espejo, recordando. Luego arma el bolso y se va. Mientras ella viaja, la acción se traslada a Basavilbaso, Entre Rios. Mauricio levantando las persianas del “almacén de ramos generales” de su familia. El se ocupa del negocio y cuida a su madre que yace en cama y le da consejos: “Negocia, Mauricio, tu padre siempre decía que es mejor un mal arreglo que un juicio bueno”. Lleva una vida de absoluto sometimiento: del negocio a la casa a cuidar a Berta y de allí al negocio.

Presionado por ella (de alguna manera metáfora de la situación general) llega a lo de la familia Merides, dispuesto a cobrar su deuda. Primero habla, luego discute finalmente rechaza una pequeña contribución que Celina le ofrece para achicar el saldo? y entonces Hugo resuelve la situación a los golpes. Ataca a Mauricio hasta dejarlo inconsciente, lo ata a una cama en el galpón y llama a Berta para pedir rescate por Él.

El film ha sido calificado como una comedia negra. Coincidimos. Haciendo gala de un grotesco pocas veces visto en nuestro cine nacional, Glusman saca a la luz las facetas más oscuras de todos estos personajes que ya no tienen nada que perder. A Celina la gran ciudad no le ha dado más que golpes. Al volver, encuentra a su madre senil, a su padre totalmente desbordado por las acciones de un hijo que se perfila con características psicópatas e incestuosas y que es quien domina las vidas de los otros desde el terror que infunde. Mauricio por su parte, vive absolutamente subyugado por el peso del negocio familiar y de una madre que no lo deja respirar sin intervenir. Tanto es así que, para masturbarse, sale con su auto a estacionarse en la ruta.

La tensión es una protagonista más. Está presente en todo momento. Tanto en las acciones (el constante despliegue de violencia de Hugo) como en el discurso: “tu confianza me puede costar la vida” le dice Mauricio a Celina mientras ella lo alimenta. Cien años de perdón tarda un poco en tomar ritmo ya que al principio es el personaje de Hugo, sin contrapunto alguno, el que domina la escena. En un punto, aparece una suerte de alianza entre Celina y Mauricio y allá el film cobra vuelo ya que ambos trabajando en conjunto constituyen el contrapunto necesario para el despliegue actoral de Audivert.

Hay muchas situaciones hilarantes en medio de lo grotesco y morboso de la situación. El broche de oro es la llamada telefónica que Berta hace a Hugo para el regateo final. Sin duda se trata de un film diferente a lo que se ha visto últimamente y una auspiciosa ópera prima de Glusman.


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