La eternidad y un día

0
11

La eternidad y un día es el último film del gran director griego Theo Angelopoulos (La Mirada de Ulises, 1995) ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes 1998.
Aléxandros, un gran escritor griego exiliado en Italia, se apresta a dejar la casa de mar al sur de Salónica para internarse en el hospital aquejado por una enfermedad incurable.

Poesía en imágenes

La eternidad y un día es el último film del gran director griego Theo Angelopoulos (La Mirada de Ulises, 1995) ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes 1998.
Aléxandros, un gran escritor griego exiliado en Italia, se apresta a dejar la casa de mar al sur de Salónica para internarse en el hospital aquejado por una enfermedad incurable.
Ese último día resignifica toda su vida; el pasado, el presente y el porvenir se entremezclan y el tiempo ya no transcurre sino en su imaginación de poeta.
En trabajos anteriores como la trilogía Días del 36, El paseo de los jugadores y Los Cazadores, Angelopoulos trataba la problemática de la Grecia Moderna, ahora retoma la idea de una cultura propia que resurge como esa ciudad subterránea hundida por un terremoto a la cual hace referencia el narrador a través de una voz en off al comienzo del film.
Angelopoulos se inspira en la literatura griega del siglo XIX para su personaje de capa negra sentado sobre ruinas antiguas que recuerda a Dionysos Solomos, poeta griego romántico que abogó por la independencia de su país del yugo otomano e impulsó la unificación de las lenguas griegas (el demócrito entre ellas) como parte esencial de la libertad y la identidad nacional.
Solomos, al igual que Aléxandros, vuelve a Grecia después de haber crecido en Italia en busca de nuevas palabras y deja varios poemas sin terminar.
El protagonista recuerda durante toda la película, como en un flash back recurrente, un día de verano pleno de luz en su isla natal; sus visiones presentes, en cambio, son paisajes invernales y habitaciones oscuras como la realidad actual de los refugiados albanos perseguidos y deportados por el gobierno, es la realidad del pequeño al que Aléxandros protege (el nombre significa protector de hombres) y que se convierte en parte suya compartiendo sus miedos y su destino, es el niño interior que todo poeta lleva dentro.
La última toma muestra, en una imagen característica de la pintura romántica, a Aléxandros de espaldas observando el mar infinito: la eternidad lo aguarda, un día luminoso y feliz se proyecta por siempre.

Adriana Schmorak